sábado, 8 de octubre de 2011

Qué puedo decir


Es increíble cómo se olvidan las cosas. Sabía que había cerrado el acceso al blog, pero desgraciadamente no recordaba cómo lo había hecho. He tardado un rato en encontrar la pestaña de Configuración, escondida tras la de Nueva entrada. Ya está hecho. On-line otra vez.

En tres años da tiempo a que a uno le pasen muchas cosas: uno puede, por ejemplo, dejar su país, aprender esperanto, plantar el famoso árbol, intentar escribir LA novela, dar la vuelta al mundo, ganar la lotería, adoptar un gato, encontrar el amor, vender su casa, pasar la varicela, volver a conducir, cambiar el colchón de la cama, comprarse un sofá, decidirse a ir a que le den un masaje, volverse vegetariano o volver a comer carne; perder 5 kg, recuperarlos, dejar de escuchar música, ir por fin a un concierto de Arcade Fire, probar la cocina malgache, organizar una boda,comprarse un iphone,comprarse un camión,asistir por primera vez a un partido de rugby, ir al cine en un centro comercial, volver a ir al cine en un centro comercial, sentirse extranjero, cambiar de rumbo y volver a sentirse en casa.

Qué puedo decir, a mí no me han pasado todas estas cosas. En los tiempos que corren nadie puede vender su piso sin perderle dinero. Mi ordenador portátil es demasiado grande como para dar la vuelta al mundo sin perder mi trabajo, y mi trabajo genera demasiado poco beneficio como para dar la vuelta al mundo sin llevarme el ordenador portátil. Me he comprado un iphone, eso sí, pero porque en la tienda consiguieron engañarme; en Francia los vendedores pueden llegar a ser muy persuasivos. Y he dejado Madrid, pero me traje el colchón. Y la lavadora. Y muchas cajas llenas de libros. Y mis plantas. Y el mapamundi roto. En realidad fue el gato el que nos adoptó. Entró un día por la ventana y ahora escribo con él pegado a la espalda. Pasé la varicela de pequeña y el camión no fui yo la que lo compró, sino mi marido.

París es diferente a los 32, ha perdido la magia que tenía a los 21; pero ahora que ha dejado de importarme creo que puedo volver a hacer esto.

martes, 24 de febrero de 2009

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Two Minutes Charme


De repente se ha echado el frío encima, la temperatura en Madrid ha bajado como 10 grados, mi compañero de piso y yo, que hasta ahora no lo habíamos hecho, nos hemos decidido a poner la calefacción, hemos tenido que quitar todos los libros que tenía encima de los radiadores y yo me he dado cuenta de que estoy perdiendo la memoria. El único lado bueno que puede que tenga esto es que dentro de poco ya no me acordaré de mis últimos minutos de encanto.
Lo de la calefacción nos ha llevado tres días, sin contar el que hubo que dedicarle a la recolocación de los libros: el primero de ellos bajé las palanquitas del diferencial que hacen que los radiadores empiecen a cargarse durante la noche cuando se le da a la rueda de encendido. Al día siguiente aprendimos que para abajo no quería decir on sino off, y para arriba justo lo contrario de lo que habíamos pensado. Me lo dijo mi compañero de piso, que tampoco entiende mucho de diferenciales, y las subió todas salvo aquella bajo la que pone “calefac. general”. Esta mañana, al despertarnos con la casa helada y los libros por el suelo, nos hemos dado cuenta de que esa palanquita, precisamente ésa, era la más importante de todas, putain mais tu n’avais pas monté celle-là? Mais ce n’est pas ma faute, merde!
Mientras le doy vueltas a esto tengo que beber té caliente sin parar para que no se me congelen los dedos, pero afortunadamente los radiadores ya están empezando a calentar. Lo de mi memoria, determino, ha sido un proceso un poco más largo. Ayer me quejaba un poco de esto y del final de mis últimos minutos de encanto en el bar de David, hablando con mi ex pareja. Para colmo, le decía, llevo dos semanas sin mandar nada a LGB, me van a echar, y antes de eso que estaba saturada, que me bajaba a tomar una caña, que si se venía.
Lo del olvido necesario de mis últimos minutos de encanto, le expliqué a mi ex en la barra, creo que ya no puede tardar mucho más, y más me vale, le decía, porque ya ni si quiera hablo con el protagonista. Pero hay otra cosa que me preocupa más.
Mientras me explicaba y David nos sacaba un tapa de ensaladilla y otra caña por favor, uno a uno, todos los habituales iban llegando comentando en voz alta, un poco para David y un poco para el resto del mundo concentrado en torno a la barra, el frío que hacía en la calle: yo creo que mañana nieva, cómo que todavía no habéis puesto la calefacción, David ponme otra cerveza.
Me sirvo otro té, desecho completamente por hoy la idea de ir al gimnasio, hace demasiado frío para quitarse el pijama, le robo otro yogurt a mi compañero de piso y le escribo en un mail a mi ex en el que le pido que no se preocupe, que la calefacción ha empezado a funcionar esta mañana y que ayer exageré con todo eso de que estoy perdiendo la memoria, de que me olvido enseguida de los libros que leo o de las películas que he visto.


-Me ha hecho falta volver a la Universidad –le comentaba- para darme cuenta de todo lo que se me ha olvidado.
-Pero, a ver, ¿de qué no te acuerdas? ¿Te acuerdas de El dueño de todo esto? Ésa la vimos juntos.
-No, ¿de qué iba?
-¿Y no te acuerdas de American Splendor? ¡Te encantó!
-No. ¿Es la del samurai y las palomas y el carrito de los helados?
-Ésa es Ghost Dog.
-¡Pero es que también me pasa con los libros! Ya no sé para qué leo…
-¿No estarás un poco saturada?

Le doy la razón por escrito, pues debía de ser eso, y le cuento que esta mañana, como hace tanto frío, me he quedado en casa y me he puesto a repasar las marcas que les hice a los libros de Orwell, los diálogos de Hermosos y malditos y las recetas de cocina de El francotirador. Voy explicándole cómo he abierto ciertos mails de este verano, los he borrado todos, he escrito en Facebook que me iba a cenar con Jude Law en una especie de despecho y he eliminado las fotos, una por una, que tenía guardadas desde hacía meses en una carpeta especial: Two Minutes Charme.
He tratado, le explicaba, de intentar aplicar con inteligencia mi inevitable deterioro memorístico, y también que quizás eso con lo que habíamos querido consolarnos anoche refugiados del frío Chez David porque no se podía estar en casa, eso de que tal vez nos fuera mejor con personas con las que no pudiéramos hablar de estas cosas aunque a mí se me estuvieran evaporando como a Winston Smith y dentro de poco ya no fuera a poder comentarlas con nadie, era algo que quizás tampoco fuéramos a saber por ahora. En cualquier caso, majo, terminé, la calefacción ya anda, vuelvo a estar soltera de espíritu y creo que he recuperado a Hans Castorp.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Los que vivimos en casa


Es viernes, hoy Lui Lu ha salido de casa después de mirar por la ventana y de ver que no llovía. Una vez en la calle, a pesar del sol, a pesar de que era que no, caía una lluvia fina. Ya no puedo más, se había dicho. Y es que la tarde anterior había decidido firmemente dejar de trabajar para una de las personas para las que está trabajando: poco dinero, mucho tiempo y otra serie de razones; se lo había contado en un mail a su primo; perdona, creo que necesitaba hablar, acabo de soltarle al pobre David, el del bar de abajo, toda una conferencia en el café del desayuno, y también que claro que sí, que contara con su dirección para recibir correo mientras estuviera fuera.

Después le había dado por abrir una carta que aventuraba un cheque, olvidada desde hace una semana encima de la mesa, y la cantidad le había hecho pensárselo de nuevo. Anyway, se había marchado a la Universidad. En el ipod, Stuart A. Staples, en el alma un poco más, y una no casual similitud con una canción de Barricada. Antes de cerrar el portal, una rápida mirada al buzón. En el metro: tengo que escribir sobre los que vivimos en casa.

Y durante el trayecto de Lavapiés a Ciudad Universitaria, un repaso mental del plan de la tarde: trabajar, quitarse el que supone uno de los últimos trabajos para ese cliente del que se quiere alejar, ponerse el pijama tout de suite para evitar acabar en el bar nuevo que por arte de magia también puede albergar la esquina, en ese en el que entró anoche maldiciendo en francés, quejándose de qu'il y avait trop de lumiére peut-être en su francés mal escrito. En ese en el que el dueño le había contestado en la misma lengua: ah bon?, para que rápidamente se excusara, después de un rápido sorbo a la copa de vino: pardon, excusez-moi, heureusement que je n’ai pas dit des bêtises plus graves, quoi. Porque hoy es viernes, pero Lui Lu, camino de la facultad, ha decidido que no sale, que ya salió ayer, y que ya tuvo suficiente con protagonizar una entrada triunfal en el nuevo bar de la esquina; ese que, vaya por dios, ha abierto un francés que se entera de todo. Merde!

Y durante la clase un volverse tres veces desde el asiento, en primera fila, porque desde el fondo, donde le gustaría sentarse porque se sienta alguien que participa abrumadoramente, y al que le gustaría conocer, ya no ve la pizarra. Y la poética completa de Samuel Beckett, que va a acabar por arruinarle el día en una especie de autoarruinamiento de viernes por supuesto provocado, y un dibujo de su compañero de piso: fais gaffe avec les bebés, que encuentra junto a un libro de Colette esta mañana, en la cocina; un libro en el que la protagonista, de treinta años, tiene una aventura con un hombre mucho más joven que ella: tout es fou!, y que se lo garabatea en un folio para meterse con su vuelta a la universidad, como tantas mañanas, al lado de la hornilla manchada de la grasa de una pechuga de pollo que cocinó ayer; que ahora Lui Lu vuelve a cocinar, que tiene que cuidarse; y qué pena cuando Ludo se vaya y deje de compartir las resacas y no haya folios en la cocina dibujados antes de ir a clase por las mañanas con alguna tontería rescatada de la noche anterior.

Pero antes de salir de casa, justo antes de cerrar el portal, una última mirada al buzón, y una intención masticada durante todo ese trayecto desde Lavapiés hasta Ciudad Universitaria de dar forma escrita a eso que le contaba ayer a ese primo al que adora; eso que comenzaba con un “claro que sí, hombre” y acababa con una explicación un tanto surrealista de por qué estaba encantada de alojarlo en el buzón. Una explicación de los que viven en casa. Del día en que decidió que, en el buzón, no podía figurar sólo su nombre.

Le cuenta que, cuando llegó a donde vive ahora, la única medida de precaución que tomó frente a los posibles ladrones/violadores/serial killers, la única que creyó fabricada a su altura, fue la de buscar dentro de su imaginario un nombre masculino que impusiera respeto, y escribir, junto al de ella, el del acompañante de ficción en el buzón.

Cuando Ludo vino a vivir a casa, Horacio Oliveira se fue desterrado a su universo literario para instalarse en el portal de alguna otra jovencita que, seguro, lo necesitara más, pero Lui Lu se quedó con el papelito del buzón de correo y lo guardó, como una última prueba de su no-existencia, dentro de una libreta. No sabe dónde estará ahora; nunca le gustaron esos encuentros fortuitos; siempre odió el azar aunque se le quedara pasmada mirándolo. Lui Lu tiene el honor (y la poca vergüenza) de haber compartido buzón de 2005 a 2007 con el protagonista de Rayuela.

En aquella época que recuerda con tacto de lengua en mañana de resaca, cuando llegaba a casa, Horacio le abría la puerta, le preguntaba qué tal el día, y no la reñía si llegaba habiendo perdido la capacidad de contestar. Por las mañanas, antes de cerrar la puerta en peregrinación a La Empresa con la boca pastosa, Horacio fregaba la taza de café, le ordenaba el armario, le hacía la cama, ventilaba su habitación y ponía en marcha la yogurtera.

A Lui Lu le gustaba llamarlo desde la oficina, entre un libro de cocina y otro de Alejo Carpentier. Ça va, Horacio? Lo bueno de aquella relación era que no tenía por qué dejar de lado la que, se aventuraba, su segunda lengua. Ne m’attends pas pour diner. Y llegar tarde a casa, y Horacio abrirle la puerta, y salir los fines de semana sin él y una retirada discreta del imaginado sipor la noche ella volvía con acompañante a aquel piso en el que se personificó el azar objetivo. Y también siempre, siempre, justo antes de abandonar el portal, justo antes de cerrar la puerta cada vez que salía de casa, echar un último vistazo al buzón: LuiXX LuXXXX, Horacio Oliveira, Segundo Izquierda; y un súper estudiado guiño de complicidad consigo misma.

Ayer se lo explicaba a su primo en un mail. Lo raro que era haber pasado de compartir buzón con Oliveira a compartirlo con Ludo; el que después se añadiera Cris, otra amiga en necesidad de dirección en España y ahora, por esas cosas extrañas que tiene la vida que desconciertan y desamparan y devuelven la fe, también él.

-Parece que venimos de Saint Jean Pied du Port –le cuenta hoy en la comida que, por esas casualidades de la vida, tiene con su tío en la Euskal Etxea de Madrid.
-Ahí tenía el abuelo (su abuelo, el de su tío materno) una tienda durante la guerra.
-¿El abuelo Pedro?

El abuelo Pedro, además de ser el abuelo de su madre y de su tío, que, de sorpresa, la ha invitado hoy a comer después de sus clases, aparte de eso, no tiene nada que ver con la familia de su padre y con ese peregrinar hacia atrás en el que últimamente anda enfrascada ella. Este medio día, Lui Lu se entera, en el Hogar vasco de Madrid, antes de comer, de que su familia materna y su familia paterna coincidieron, sin saberlo, en el mismo pueblo del otro lado de la frontera.

Entonces Lui Lu le cuenta a su tío todo lo que ha averiguado. Que ha encontrado su apellido paterno en una lista “negra”; que quizás por eso su padre nunca supo de dónde venía; que en Saint Jean Pied du Port todavía hay casas con caras de piedras esculpidas en los muros. Esas caritas de piedra que los agotes, segregados hasta bien entrado el XIX, estuvieron obligados a esculpir en sus fachadas para que todo el mundo supiera dónde vivían. Quizás su abuelo Pedro escuchó hablar de ellos. Quizás entonces ya podían entrar en las tiendas. Después unos temas llevan a otros y los dos consiguen que dejen de brillarles los ojos cuando llegan las segundas setas.

Terminan de comer, Lui Lu acompaña a su tío al hotel y vuelve a casa con el vino en la cabeza. Antes de subir echa una rápida mirada al buzón y ve, uno debajo de otro, los cuatro nombres. Horacio no le abre la puerta, pero en su lugar se encuentra Ludo, que regarde un filme y que ha fregado el cuarto de baño. Putain, j’ai trop bu y sólo son las cuatro, o salimos o me pongo el pantalón de franela, se queja ella. Se había propuesto trabajar: quitarse la falda, las medias, y ponerse un pantalón horrible, de esos que deberían estar prohibidos.

A Ludo no le cuenta lo del brillo de los ojos antes de las setas; está demasiado impresionada por la capacidad de reunión que puede tener un pueblito al otro lado de la frontera; tampoco que al entrar y salir del portal repasa uno por uno los cuatro nombres del buzón de arriba abajo, sin echar de menos el de Oliveira.

En febrero su compañero de piso se habrá ido. Y ella, aunque recuperará su independencia, seguramente mantendrá todos los nombres, entre ellos su apellido repetido. Como creando una especie de ficción sin necesidad de Horacio. Una ficción que ahora, cada vez que entra y sale, por esa ironía permanente que es la vida in progress para los que se empeñan en verla desde el otro lado, a veces la desconcierta, otras la desampara y otras, las más pocas, en medio del asombro, le devuelve la fe.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Los domingos de después


Hubo una vez un domingo en el que por algo que ahora mismo no viene mucho a cuento acabé tomando un patxaran con el chico con el que por aquel entonces dormía y una pareja de amigos suyos. Yo estaba enamorada, pero acababa de comenzar a entrar en esa resignación a la que uno se acoge cuando el otro no está enamorado y que supone el principio del camino hacia el final. Al menos en mi caso, que soy muy de abandonar por la puerta grande, con frases magistrales tipo sé que esto no va a llegar a ninguna parte, tú no sientes lo mismo que yo, mejor dejarlo ahora, llévate tus tuppers, tengo dos camisetas en tu casa, no te preocupes, soy una tonta, mejor no nos vemos en un tiempo, hasta que se me pase.


El chico del que estaba enamorada se fue al baño, y yo me quedé con su pareja de amigos. Veníamos del hospital, por razones que no importan, y yo me quejaba de los domingos mientras pedía que anda, porfa, nos tomáramos otro patxaran. El amigo, que, como algunas veces sucede con los amigos de esas personas de las que te enamoras, era encantador, estoy empezando a cogerle cariño a tus amigos, es mejor dejarlo ahora, me miró abrazando a su novia, y sentenció mi inherente tristeza dominical con un ya verás como tú también encuentras a alguien que te alegre los domingos.


He vivido con su frase desde entonces. Como uno vive con esas frases molestas que no se puede quitar del corazón o de la piel de dentro, quién sabe cuál es ese lugar donde se quedan agarradas. La guardé o lo hizo sola y, aunque a veces la recuerdo formulada de otra manera, aunque a veces dudo de si la palabra utilizada fue "alegrar", de por qué yo me quejaba del día de la semana, o me doy cuenta de lo trágico que es que el amigo del chico con el que andas durmiendo de vez en cuando te abra la puerta del principio del camino hacia el final -si tú no lo habías visto claro él sí, su amigo no va a darle la vuelta a tus domingos-; a pesar de que nunca he estado segura de que la poción mágica para dejar de languidecer el último día de la semana se encuentre ahí, la he guardado conmigo hasta ahora.


Son las diez y media de la noche de un sábado de resaca y estoy en la cama tratando de contestar unos mails. Acabo de contestar un mail a mi amiga Carmen, que me escribía desde el otro lado del Atlántico preguntándome por los domingos. Había visto unas fotos que subí a Facebook, de hace un año, una en la que, aunque no se nos ve, estamos mi amigo Manu y yo sentados en el sofá de mi casa, después de una borrachera, y yo llorando; y después otra, de la mañana siguiente, en la que únicamente aparece una nota: "me he ido a tomar café en la calle Argumosa, Manu". Que aquella foto demostraba que después del disgusto se levanta uno mejor, que la vida sigue. Que si no me he reconciliado ya con mis domingos, que qué tal mi corazón, que cómo van "los domingos de después". He imaginado que se refería a los domingos de ahora, pues las fotos que subí eran del año pasado. Pero puede que se refiriera quizás a estos últimos domingos, a los del mes de octubre, ya me lo aclarará.


Le he dicho a Carmen que me encantaba su mail, que quizás la solución a los domingos fuera aquella que una vez me aventuraron tomando patxaran; que mi corazón a veces se imagina actualizando mi estado muy lejos de aquí, con un portátil: "Lui Lu está de tres semanas y le queda un capítulo para terminar su novela", mientras espero a que vuelva de jugar al dominó el desconocido que me va a hacer la cena para que me olvide de que es domingo; que a veces el desconocido tiene rostro y un olor y sabe dar abrazos; que en otras ocasiones se me difumina, según me acerco o me alejo de la puerta que abre el pasillo del principio hacia el final; que he descubierto nuevas cosas sobre mi apellido, que aparece dentro de un grupo de gente que sufrió una fuerte segregación en todo el País Vasco hasta bien entrado el diecinueve, y que yo, por si acaso, le he pedido a mi amigo Igor que me enseñe un poco de la lengua de mis antepasados, así que maja, escribe pronto, me encantó tu mail, muxutxo eta besarkade.

viernes, 24 de octubre de 2008

miércoles, 22 de octubre de 2008

Sarkosy el Jabali


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