
Es viernes, hoy Lui Lu ha salido de casa después de mirar por la ventana y de ver que no llovía. Una vez en la calle, a pesar del sol, a pesar de que era que no, caía una lluvia fina. Ya no puedo más, se había dicho. Y es que la tarde anterior había decidido firmemente dejar de trabajar para una de las personas para las que está trabajando: poco dinero, mucho tiempo y otra serie de razones; se lo había contado en un mail a su primo; perdona, creo que necesitaba hablar, acabo de soltarle al pobre David, el del bar de abajo, toda una conferencia en el café del desayuno, y también que claro que sí, que contara con su dirección para recibir correo mientras estuviera fuera.
Después le había dado por abrir una carta que aventuraba un cheque, olvidada desde hace una semana encima de la mesa, y la cantidad le había hecho pensárselo de nuevo. Anyway, se había marchado a la Universidad. En el ipod, Stuart A. Staples, en el alma un poco más, y una no casual similitud con una canción de Barricada. Antes de cerrar el portal, una rápida mirada al buzón. En el metro: tengo que escribir sobre los que vivimos en casa.
Y durante el trayecto de Lavapiés a Ciudad Universitaria, un repaso mental del plan de la tarde: trabajar, quitarse el que supone uno de los últimos trabajos para ese cliente del que se quiere alejar, ponerse el pijama tout de suite para evitar acabar en el bar nuevo que por arte de magia también puede albergar la esquina, en ese en el que entró anoche maldiciendo en francés, quejándose de qu'il y avait trop de lumiére peut-être en su francés mal escrito. En ese en el que el dueño le había contestado en la misma lengua: ah bon?, para que rápidamente se excusara, después de un rápido sorbo a la copa de vino: pardon, excusez-moi, heureusement que je n’ai pas dit des bêtises plus graves, quoi. Porque hoy es viernes, pero Lui Lu, camino de la facultad, ha decidido que no sale, que ya salió ayer, y que ya tuvo suficiente con protagonizar una entrada triunfal en el nuevo bar de la esquina; ese que, vaya por dios, ha abierto un francés que se entera de todo. Merde!
Y durante la clase un volverse tres veces desde el asiento, en primera fila, porque desde el fondo, donde le gustaría sentarse porque se sienta alguien que participa abrumadoramente, y al que le gustaría conocer, ya no ve la pizarra. Y la poética completa de Samuel Beckett, que va a acabar por arruinarle el día en una especie de autoarruinamiento de viernes por supuesto provocado, y un dibujo de su compañero de piso: fais gaffe avec les bebés, que encuentra junto a un libro de Colette esta mañana, en la cocina; un libro en el que la protagonista, de treinta años, tiene una aventura con un hombre mucho más joven que ella: tout es fou!, y que se lo garabatea en un folio para meterse con su vuelta a la universidad, como tantas mañanas, al lado de la hornilla manchada de la grasa de una pechuga de pollo que cocinó ayer; que ahora Lui Lu vuelve a cocinar, que tiene que cuidarse; y qué pena cuando Ludo se vaya y deje de compartir las resacas y no haya folios en la cocina dibujados antes de ir a clase por las mañanas con alguna tontería rescatada de la noche anterior.
Pero antes de salir de casa, justo antes de cerrar el portal, una última mirada al buzón, y una intención masticada durante todo ese trayecto desde Lavapiés hasta Ciudad Universitaria de dar forma escrita a eso que le contaba ayer a ese primo al que adora; eso que comenzaba con un “claro que sí, hombre” y acababa con una explicación un tanto surrealista de por qué estaba encantada de alojarlo en el buzón. Una explicación de los que viven en casa. Del día en que decidió que, en el buzón, no podía figurar sólo su nombre.
Le cuenta que, cuando llegó a donde vive ahora, la única medida de precaución que tomó frente a los posibles ladrones/violadores/serial killers, la única que creyó fabricada a su altura, fue la de buscar dentro de su imaginario un nombre masculino que impusiera respeto, y escribir, junto al de ella, el del acompañante de ficción en el buzón.
Cuando Ludo vino a vivir a casa, Horacio Oliveira se fue desterrado a su universo literario para instalarse en el portal de alguna otra jovencita que, seguro, lo necesitara más, pero Lui Lu se quedó con el papelito del buzón de correo y lo guardó, como una última prueba de su no-existencia, dentro de una libreta. No sabe dónde estará ahora; nunca le gustaron esos encuentros fortuitos; siempre odió el azar aunque se le quedara pasmada mirándolo. Lui Lu tiene el honor (y la poca vergüenza) de haber compartido buzón de 2005 a 2007 con el protagonista de Rayuela.
En aquella época que recuerda con tacto de lengua en mañana de resaca, cuando llegaba a casa, Horacio le abría la puerta, le preguntaba qué tal el día, y no la reñía si llegaba habiendo perdido la capacidad de contestar. Por las mañanas, antes de cerrar la puerta en peregrinación a La Empresa con la boca pastosa, Horacio fregaba la taza de café, le ordenaba el armario, le hacía la cama, ventilaba su habitación y ponía en marcha la yogurtera.
A Lui Lu le gustaba llamarlo desde la oficina, entre un libro de cocina y otro de Alejo Carpentier. Ça va, Horacio? Lo bueno de aquella relación era que no tenía por qué dejar de lado la que, se aventuraba, su segunda lengua. Ne m’attends pas pour diner. Y llegar tarde a casa, y Horacio abrirle la puerta, y salir los fines de semana sin él y una retirada discreta del imaginado sipor la noche ella volvía con acompañante a aquel piso en el que se personificó el azar objetivo. Y también siempre, siempre, justo antes de abandonar el portal, justo antes de cerrar la puerta cada vez que salía de casa, echar un último vistazo al buzón: LuiXX LuXXXX, Horacio Oliveira, Segundo Izquierda; y un súper estudiado guiño de complicidad consigo misma.
Ayer se lo explicaba a su primo en un mail. Lo raro que era haber pasado de compartir buzón con Oliveira a compartirlo con Ludo; el que después se añadiera Cris, otra amiga en necesidad de dirección en España y ahora, por esas cosas extrañas que tiene la vida que desconciertan y desamparan y devuelven la fe, también él.
-Parece que venimos de Saint Jean Pied du Port –le cuenta hoy en la comida que, por esas casualidades de la vida, tiene con su tío en la Euskal Etxea de Madrid.
-Ahí tenía el abuelo (su abuelo, el de su tío materno) una tienda durante la guerra.
-¿El abuelo Pedro?
El abuelo Pedro, además de ser el abuelo de su madre y de su tío, que, de sorpresa, la ha invitado hoy a comer después de sus clases, aparte de eso, no tiene nada que ver con la familia de su padre y con ese peregrinar hacia atrás en el que últimamente anda enfrascada ella. Este medio día, Lui Lu se entera, en el Hogar vasco de Madrid, antes de comer, de que su familia materna y su familia paterna coincidieron, sin saberlo, en el mismo pueblo del otro lado de la frontera.
Entonces Lui Lu le cuenta a su tío todo lo que ha averiguado. Que ha encontrado su apellido paterno en una lista “negra”; que quizás por eso su padre nunca supo de dónde venía; que en Saint Jean Pied du Port todavía hay casas con caras de piedras esculpidas en los muros. Esas caritas de piedra que los agotes, segregados hasta bien entrado el XIX, estuvieron obligados a esculpir en sus fachadas para que todo el mundo supiera dónde vivían. Quizás su abuelo Pedro escuchó hablar de ellos. Quizás entonces ya podían entrar en las tiendas. Después unos temas llevan a otros y los dos consiguen que dejen de brillarles los ojos cuando llegan las segundas setas.
Terminan de comer, Lui Lu acompaña a su tío al hotel y vuelve a casa con el vino en la cabeza. Antes de subir echa una rápida mirada al buzón y ve, uno debajo de otro, los cuatro nombres. Horacio no le abre la puerta, pero en su lugar se encuentra Ludo, que regarde un filme y que ha fregado el cuarto de baño. Putain, j’ai trop bu y sólo son las cuatro, o salimos o me pongo el pantalón de franela, se queja ella. Se había propuesto trabajar: quitarse la falda, las medias, y ponerse un pantalón horrible, de esos que deberían estar prohibidos.
A Ludo no le cuenta lo del brillo de los ojos antes de las setas; está demasiado impresionada por la capacidad de reunión que puede tener un pueblito al otro lado de la frontera; tampoco que al entrar y salir del portal repasa uno por uno los cuatro nombres del buzón de arriba abajo, sin echar de menos el de Oliveira.
En febrero su compañero de piso se habrá ido. Y ella, aunque recuperará su independencia, seguramente mantendrá todos los nombres, entre ellos su apellido repetido. Como creando una especie de ficción sin necesidad de Horacio. Una ficción que ahora, cada vez que entra y sale, por esa ironía permanente que es la vida in progress para los que se empeñan en verla desde el otro lado, a veces la desconcierta, otras la desampara y otras, las más pocas, en medio del asombro, le devuelve la fe.